sábado 21 de abril de 2007

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Resumen: A media altura sobre la Sierra de Errando, hoy con el pantano de Yesa a los pies, se levanta el monasterio de San Salvador de Leyre. Hace mil años se cortaban, pulían y aparejaban sus venerables piedras, dando sus primeros vagidos un nuevo estilo: el románico.
A media altura sobre la Sierra de Errando, hoy con el pantano de Yesa a los pies, se levanta el monasterio de San Salvador de Leyre. Hace mil años se cortaban, pulían y aparejaban sus venerables piedras, dando sus primeros vagidos un nuevo estilo: el románico. El primer testimonio sobre Leyre se debe a san Eulogio de Córdoba, quien en 848 recaló en el monasterio en su intento de viaje al imperio carolingio. San Eulogio, en una carta escrita a su regreso a Córdoba, elogia a la numerosa comunidad legerense, entre la que conoció a “varones muy señalados en el temor de Dios”. Los monjes de Leyre lo acogieron durante cierto tiempo, ya que Eulogio deseaba conocer los libros que el monasterio atesoraba, encontrando entre ellos un opúsculo que “contenía la historia del nefando profeta”. Es tal el interés que muestra por esta biografía de Mahoma que los monjes le preparan una transcripción de la misma, pues Eulogio la consideraba importante para mantener viva la fe de sus feligreses cordobeses, mozárabes perseguidos y atosigados por los musulmanes, cuando no martirizados por sus declaraciones de fe, como le sucedería a él mismo pocos años después. Todo ello dice del vigor espiritual e intelectual de la comunidad legerense, así como de la importancia de su biblioteca y escritorio a mediados del siglo IX. En esa época el monasterio debía contar con una iglesia prerrománica y con algunas construcciones anexas de las que sólo queda parte de los muros. El abad y la eternidad Entre los distintos abades que se suceden en Leyre y de los que se tiene noticia histórica está san Virila (928). Cuenta la tradición que el abad Virila no entendía lo que podía ser la eternidad y pedía a Dios que se la mostrara. Un buen día en el que el abad paseaba por el monte oyó cantar a un pajarillo junto a una fuente. Cuando el pajarillo calló, el padre abad volvió al monasterio, no siendo reconocido por los monjes. Consultados viejos documentos, la comunidad averiguó que 300 años antes hubo un abad santo que salió un día a pasear y nunca volvió, por lo que sus hermanos pensaron que había sido devorado por las fieras. Curiosamente, la leyenda del abad que, no entendiendo la eternidad, pasa 300 años oyendo los trinos de un pajarillo se repite en el monasterio gallego de Armenteira (o monxe do paxariño). Estamos ante un ejemplo de cualificación del tiempo —tiempo sagrado—, sumado a la cualificación del espacio sagrado que supone todo monasterio. A finales del siglo X Almanzor arrasa el monasterio de Leyre en una de sus sarracinas contra el reino de Pamplona. El siglo XI se inaugura en el reino navarro con la figura de Sancho Garcés III el Mayor (1004-1035). Sancho el Mayor consigue reinar sobre lo que en el siglo XII serían los “cinco reinos de España”, pudiendo ser llamado con razón el primer Rex hispanorum regnum. Este monarca consideró siempre a Leyre “centro y corazón de mi reino”, manifestando repetidamente su apego al monasterio en el que fuera educado. Tales sentimientos “fueron inculcados por el gran rey a sus sucesores y a su pueblo”. El monasterio crece en posesiones y poder hasta que la anexión por Aragón del reino navarro en 1076 hace que Leyre pierda importancia, comenzando su lenta decadencia. Leyre adopta la Regla de San Benito en 1030 que, entre otras cosas, supone la instauración de la famosa hospitalidad benedictina para los peregrinos del Camino de Santiago. Tras el apogeo benedictino del siglo XI y el progresivo deterioro del XII, en 1239 entran en Leyre los monjes blancos del Císter. El monasterio pasa por vicisitudes durante los siglos siguientes, hasta que, tras la desamortización de Mendizábal (1835), “la desbandada de las cosas del monasterio fue general”. En 1867 es subastado por 400 duros. Patrimonio por proteger La Comisión de Monumentos intenta evitar la ruina total. La Diputación Foral de Navarra se preocupa por el asunto y en 1954 un grupo de monjes benedictinos de Santo Domingo de Silos toma posesión de un Leyre en fase de restauración. La Diputación primero y el Gobierno de Navarra después han sido los grandes benefactores modernos de Leyre, volviendo a ser el monasterio navarro faro de espiritualidad y cultura. El exterior del conjunto de la cabecera de Leyre resulta contundente y unitario. Grandes sillares de una extraordinaria piedra dorada veteada se disponen en hiladas más o menos regulares, alcanzando una considerable altura hasta coronarse por canecillos que soportan los aleros. Las siete ventanas están realizadas sin clave ni adorno alguno. La talla de los canecillos es sencilla y expresiva (cabezas, lazos, falo...). La torre es cuadrangular, con ventanas tríforas de columnas sencillas. El interior de la cabecera está formado por una cripta inferior y, sobre ella, el arranque de la iglesia. La cripta fue la solución adoptada para salvar el desnivel del terreno cuando se planteó la construcción de una nueva iglesia. Ya desde su acceso lateral impresiona por su aire ciclópeo e irrepetible. Inmerso en este ambiente reducido, pero grandioso, el visitante siente gravitar sobre sí una inmensa masa pétrea sostenida por columnas de fuste tan breve como delgado... El Primer Maestro de Leyre debió tener sus dudas, avanzada ya la obra, sobre la suficiencia de las tres naves planeadas para sustentar la cabecera de la iglesia superior. Por eso, decidió dividir la nave central en dos, añadiendo una arcada axial en su centro sostenida por columnas, viéndose así obligado a modificar el ábside central con dos ventanas, una para cada nueva nave, en lugar de la central. Más allá de la cripta La cabecera de la iglesia superior es continuación de la cripta. Sus tres ábsides encabezan otras tantas naves, más ancha la central, de dos tramos separados por pilares con columnas adosadas. Allí encontramos casquetes absidales en cuarto de esfera y bóvedas de medio cañón. El aparejo es similar al de la cripta, si bien los capiteles son de menor tamaño y sus tallas de temática más variada (volutas que terminan en ocasiones en bolas pendientes, dibujos geométricos, rostros...). La cabecera de Leyre es un conjunto único en el que están ya presentes las características fundamentales del románico: arco de medio punto sobre columnas, desarrollado tanto en planta como en alzado; construcción en piedra con sillares escuadrados y pulidos, y capiteles tallados con intencionalidad simbólica. Todo ello se da en Leyre de manera clara y rotunda por vez primera, como en algunas contadas construcciones transpirenaicas: el medio punto de los arcos, a pesar de las irregularidades en algunos casos; los sillares pulidos y ajustados, a pesar de sus desiguales hiladas; los capiteles tallados con volutas que inician uno de los temas simbólicos mayores del románico, como es la dicotomía o elección constante de caminos que la vida la ofrece al cristiano, a pesar de la elementalidad de sus labras... En Leyre estamos asistiendo al nacimiento de un estilo nuevo que rompe con el carolingio, el mozárabe y el románico lombardo anteriores, poniendo de manifiesto la coherencia de un plan ya meditado en su totalidad desde la primera piedra tallada. Construcción inaugural resuelta con la monumentalidad y fuerza de toda construcción primera, está resuelta, además, en un corto espacio de tiempo. El Primer Maestro de Leyre fue consciente de lo que hacía y de que estaba abriendo un camino glorioso que se prolongaría durante dos siglos más. Ésa es su gloria. Se conocen dos consagraciones de la iglesia de Leyre. La primera tuvo lugar en 1057 y debió realizarse cuando la cabecera se consideró rematada. Asistieron a la misma el rey navarro Sancho el de Peñalén, el aragonés Ramiro I, un obispo y cuatro abades. La segunda consagración tuvo lugar en 1098, estando presentes el rey de Aragón y Navarra Pedro I, cuatro obispos y siete abades. Debió celebrarse cuando la ampliación realizada por el maestro Fulcherio se dio por concluida. Ésta debió consistir en la prolongación de los muros laterales y de las naves iniciadas por la cabecera. Con la entrada de los cistercienses, las tres naves ampliadas fueron derribadas para levantar una única cubierta con bóveda ojival, conservándose los muros, algunas ventanas y la portada lateral de la segunda ampliación románica. Por estos restos se ve que fue realizada en un románico pleno ya maduro. La “Porta Speciosa” La portada occidental es conocida como Porta Speciosa por el gran número de tallas que contiene. Se asocia así a las grandes portadas románicas características del Camino de Santiago. Se cree que, cuando en el siglo XIV los cistercienses remodelaron la iglesia, reutilizaron distintos materiales románicos esculpidos en diversas fases de la construcción. Se trata de una portada abocinada de cuatro arquivoltas, tres sobre columnas y la exterior sobre los contrafuertes laterales, que cobijan un tímpano. Sobre el conjunto, un gran friso, amén de diversas tallas encastradas en diversos lugares. La entrada cuenta con un parteluz sobre capitel invertido. Podrían establecerse tres momentos de ejecución distintos, cuando menos, para el conjunto de las tallas: Al más antiguo pertenecerían las figuras del tímpano (El Salvador, María, san Pedro, san Juan...) y la figura embutida en el contrafuerte izquierdo que señala un libro con estilizados dedos. Volúmenes planos tallados en piedra ocre, vestidos campaniformes, uniformidad de actitudes y rostros, y amor por los detalles serían las características de este escultor. En una segunda etapa habrían sido talladas las arquivoltas y las columnas sobre las que éstas apean. Es el mundo característico del románico internacional o de la Peregrinación, con formas cercanas a las de la fraternidad del Maestro Esteban, que trabajó no sólo en el Camino, sino también en el cercano Sos. Pájaros con cuellos entrelazados y picándose las patas, mujeres sentadas con las piernas abiertas, leones encorvados... La arquivolta interior muestra un conjunto de patas, garras, frutos, estambres y pistilos semiocultos por el bocel. Las otras tres exhiben el mundo románico con personas, ocupaciones y animales reales o imaginarios. Un mundo mostrado sin inhibiciones, cuando no con acentos satíricos y jocosos. A la tercera etapa se deberían las figuras encastradas en el friso superior y en las enjutas: un Pantocrátor, Apóstoles, San Miguel, las mártires Numilo y Alodia, patronas del monasterio, Jesús sobre la barca, la danza de la muerte. Tallas de gran tono en las que los pliegues juegan un papel rítmico, con actitudes expectantes hacia el exterior. Tallas de un gran maestro al que no favoreció la ubicación definitiva de sus obras. A pesar de la diversidad de formas románicas de la que hoy es iglesia de San Salvador, Leyre es un todo que nace con la contundencia de uno de los primeros ensayos generales para poner el románico en pie; se desarrolla con el gran románico de la Peregrinación, y llega a su plenitud con el románico maduro. El románico, que ya en la cripta de Leyre tiene muy claro lo que es fundamental y lo que resulta accesorio al nuevo estilo, seguirá desarrollando lo primero de distintas formas, a la vez que investigará y transformará lo segundo. Jaime Cobreros, experto en románico y simbología