sábado 21 de abril de 2007

Los monjes blancos y las pinturas de Zurbarán
19.01.07 @ 12:49:44. Archivado en Cine
Carlos EymarFilósofo
El fenómeno del éxito de El gran silencio, película de Philip Gröning sobre la vida de los monjes en la Cartuja de los Alpes cerca de Grénoble, no deja de plantear interrogantes. ¿Por qué una película de 162 minutos en la que no se habla ha logrado atraer la atención del gran público, al menos en Alemania e Italia? Tal vez una primera respuesta exigiría referirse a la fascinación que produce lo insólito. El ruido en que habitamos, aunque nos ensordezca, nos hace intuir el raro valor de un voto de silencio llevado a la práctica.Un silencio capaz de envolver y seducir a quien a él se aproxima como sedujo al director del film que, tras los seis meses de rodaje y convivencia con los cartujos, llegó a comprender el insoportable nivel de ruido que producimos. También, aunque en España las perspectivas de éxito no sean equiparables, los espectadores que acudimos al estreno, contagiados por aquella atmósfera de silencio, apenas produjimos crujidos o carraspeos durante la proyección.
Insólito es también el ritmo vital que se nos muestra. Ritmo cotidiano y rutinario, acompasado al sucederse de las estaciones. Un tiempo lento y pausado que pone en cuestión al hábitat urbano y a la alta velocidad como objeto último del deseo. A fuerza de repetición y lentitud, la vida se va densificando, haciéndose sólida, hasta adquirir la inmovilidad de lo eterno. La vida de los cartujos en las cumbres de los Alpes, reproduce esa atmósfera intemporal que Thomas Mann supo plasmar en su célebre La montaña mágica.La lentitud de la película es el resultado de su adaptación a la inmovilidad de los orantes y a la morosidad de la letanía y la liturgia. Así, la película acaba por transformarse en una sucesión de retratos, a veces expresos, de cada uno de los cartujos tomados aisladamente. Su imagen actual, sin ningún tipo de explicaciones verbales y sin recurrir a otras imágenes pasadas, nos deja en la ignorancia de sus motivos y esperanzas, de su interioridad. ¿Qué les ha conducido a ir allí?, ¿qué les sostiene, alegres y pacíficos, en un modo de vida tan ajeno al nuestro? Por toda respuesta se nos ofrece la imagen inmóvil, la mudez de un cuadro.
Que yo sepa, en ninguna de sus entrevistas, ha aludido Gröning a la influencia o al precedente de Zurbarán, algo que, desde mi punto de vista, resulta evidente. Desde las primeras secuencias en que aparece la figura de un cartujo arrodillado, con la cabeza oculta por la amplia capucha y los pliegues de su hábito ajustándose a las líneas del reclinatorio de madera, la evocación del genial pintor extremeño resulta inevitable. Casi cuatro siglos antes de que lo hiciera Gröning, Zurbarán ya se había metido en una cartuja para extraer de ella una pintura llena de religiosidad y belleza. No creo que, tal y como yo experimenté recientemente, ninguno de los visitantes del museo de Cádiz haya permanecido indiferente a los impresionantes retratos, restos de un proyecto que Zurbarán realizó para la Cartuja de Jerez. Allí, entre otros, vemos a San Bruno, fundador de los cartujos, con una cara campesina, escuálida y de asceta, casi diminuta en relación con el amplio hábito blanco cuya textura y pliegues Zurbarán sabe recrear con la perfección de un sastre.
Algunos críticos han repetido que todos los colores en Zurbarán vienen a parar en el blanco. Yendo más allá, María Zambrano ha subrayado que los blancos de Zurbarán anuncian el absoluto de la blancura y que esa blancura envuelve a todos los seres en el misterio de la anunciación que los recoge y los trasciende. Desde esta clave, puede enriquecerse la contemplación de la película de El gran silencio. El auténtico protagonista en ella es el blanco. Blanco de la nieve de las cumbres alpinas y blanco de los hábitos cartujos, que anuncia la blancura escatológica de esas vestiduras que envuelven a los elegidos en el Apocalipsis o al Cristo transfigurado. La película se inicia y concluye con una nevada sobre el monasterio como dando a entender que no hay distancia entre el origen y la promesa, entre el alfa y la omega. Así, los monjes desgranan pausadamente su salmodia como un lento caer de copos de nieve sobre sus hábitos blancos.