Las órdenes monásticas: el Cister

En 1098, Roberto, abad del monasterio cluniacense de Molesmes (Langres, Francia), acompañado de un grupo de monjes abandona su abadía con el fin de erigir una donde vivir la Regla de San Benito en toda su pureza. Tras grandes dificultades, el 21 de marzo de ese año se funda en Cîteaux, un paraje duro y solitario, el Nuevo Monasterio. Por imperativo papal, Roberto regresó al poco tiempo a Molesmes, y le sucedió en el abadiato Alberico. Éste obtuvo en 1100 una bula de Pascual II por el cual Cister quedaba exento de la jurisdicción de Molesmes y bajo la protección de la Santa Sede. Su sucesor, Esteban Harding, fue considerado el legislador de la orden, ya que bajo su gobierno fueron aprobados por el papa Calixto II (1119) la Carta de Caridad y los primeros Capitula, un conjunto de reglamentos dictados para el buen funcionamiento de la orden. El ideal de vida que promulgaban (seguimiento escrupuloso de la Regla de San Benito, autenticidad en la observancia monástica, soledad, simplicidad y pobreza, entre otros) atrajo pronto a numerosas vocaciones. Pero será a partir de 1112, fecha en que Bernardo de Fontaine (1090–1153) —futuro San Bernardo— ingresa en Cister acompañado de un grupo de familiares y amigos, cuando comienza el verdadero auge del Nuevo Monasterio y la expansión de la naciente orden, que llegaría a contar con más de 300 monasterios a mediados del siglo XII.
Los «monjes blancos», llamados así por no teñir de negro sus cogullas y llevarlas del color natural de la lana, llegaron a España en 1142. El 14 de febrero de ese año se fundaba Sobrado (La Coruña), primer monasterio cisterciense de la Península. A partir de entonces se erigieron en España casi un centenar de monasterios de monjes y monjas. La orden alcanzó su máximo esplendor durante la segunda mitad del siglo XII.
Las construcciones de los cistercienses se caracterizan por la ausencia generalizada de elementos decorativos (tanto pintados como esculpidos) y por su sencillez y austeridad, lo que ha provocado que durante años se hablase de arquitectura y arte cistercienses, teoría que ya hace tiempo fue desestimada pero que sigue siendo empleada en publicaciones de carácter divulgativo. Ese aire de familia que caracteriza a todos sus edificios, unido al hecho de que las dependencias se organizan en todos ellos siguiendo el mismo esquema se debe principalmente al estricto sometimiento a la Regla y a la Carta de Caridad, al sistema de filiaciones y visitas, a las normas emitidas por el Capítulo General de la Orden y a la presencia en cada nueva fundación de un monje o converso que, procedente de su casa madre, dirige las obras del nuevo monasterio.
Los cistercienses ubicaron sus monasterios en parajes solitarios, alejados de núcleos de población. Para la organización de sus claustros adoptaron el esquema benedictino a sus necesidades. Este esquema quedó configurado de la siguiente manera: en la panda oriental se situará el armarium, sacristía, capítulo, escalera al dormitorio, locutorio y pasaje, sala de monjes, noviciado y letrinas; en la planta alta se disponía el dormitorio común; en la galería opuesta a la iglesia, el calefactorio, refectorio perpendicular (en lugar del paralelo utilizado por los benedictinos) y la cocina; por último, en el ala occidental se disponen los almacenes y dependencias de conversos (refectorio y dormitorio). Otras dependencias, como la enfermería, se levantaban al este del pabellón de los monjes, disponiéndose en ocasiones en torno a un pequeño claustro.
Los «monjes blancos», llamados así por no teñir de negro sus cogullas y llevarlas del color natural de la lana, llegaron a España en 1142. El 14 de febrero de ese año se fundaba Sobrado (La Coruña), primer monasterio cisterciense de la Península. A partir de entonces se erigieron en España casi un centenar de monasterios de monjes y monjas. La orden alcanzó su máximo esplendor durante la segunda mitad del siglo XII.
Las construcciones de los cistercienses se caracterizan por la ausencia generalizada de elementos decorativos (tanto pintados como esculpidos) y por su sencillez y austeridad, lo que ha provocado que durante años se hablase de arquitectura y arte cistercienses, teoría que ya hace tiempo fue desestimada pero que sigue siendo empleada en publicaciones de carácter divulgativo. Ese aire de familia que caracteriza a todos sus edificios, unido al hecho de que las dependencias se organizan en todos ellos siguiendo el mismo esquema se debe principalmente al estricto sometimiento a la Regla y a la Carta de Caridad, al sistema de filiaciones y visitas, a las normas emitidas por el Capítulo General de la Orden y a la presencia en cada nueva fundación de un monje o converso que, procedente de su casa madre, dirige las obras del nuevo monasterio.
Los cistercienses ubicaron sus monasterios en parajes solitarios, alejados de núcleos de población. Para la organización de sus claustros adoptaron el esquema benedictino a sus necesidades. Este esquema quedó configurado de la siguiente manera: en la panda oriental se situará el armarium, sacristía, capítulo, escalera al dormitorio, locutorio y pasaje, sala de monjes, noviciado y letrinas; en la planta alta se disponía el dormitorio común; en la galería opuesta a la iglesia, el calefactorio, refectorio perpendicular (en lugar del paralelo utilizado por los benedictinos) y la cocina; por último, en el ala occidental se disponen los almacenes y dependencias de conversos (refectorio y dormitorio). Otras dependencias, como la enfermería, se levantaban al este del pabellón de los monjes, disponiéndose en ocasiones en torno a un pequeño claustro.
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